Por Kelsey McGurrin, Maggie Lin, Karin Burghardt
Ha llegado de nuevo ese momento del año, cuando las temperaturas más frescas y los días más cortos indican que se acerca el invierno y los árboles dejan caer sus hojas. Para la mayoría de los residentes, esto también significa horas de trabajo recogiendo hojas y apilándolas en la acera para que sean recogidas junto con otros desechos municipales. Tradicionalmente, hemos usado las palabras «mugre» y «basura» para describir el material vegetal muerto, indicando que son desechos que deben ser embolsados y enviados al basurero. ¡Pero este no es el caso! Las hojas caídas son un recurso valioso y la práctica común de retirarlas del paisaje doméstico tiene impactos ambientales no deseados.
Los ecosistemas forestales, como los que tiene Maryland, evolucionaron durante miles de años gracias al ciclo de vida y muerte de las hojas. Las hojas que se desprenden de los árboles no se desperdician. Las hojas caídas (y otros materiales orgánicos como la madera muerta) nutren los microbios del suelo y los descomponedores. También añaden complejidad estructural (por ejemplo, espacios llenos de aire) a la superficie del suelo, lo que aumenta la retención de agua de lluvia y proporciona hábitat para innumerables animales pequeños. Esos pequeños animales, incluidos los insectos, se alimentan de la hojarasca, descomponiéndola en pedazos más pequeños. Con el tiempo, hongos y otros microbios transforman completamente los restos de la hojarasca en nutrientes como el nitrógeno, que se reciclan a través del ecosistema año tras año, y el carbono que puede ser enterrado bajo tierra.

La hojarasca es importante para la salud del suelo en los jardines
El laboratorio Burghardt de UMD realizó recientemente un estudio (en inglés) que muestra que los humanos pueden interrumpir este importante ciclo natural cuando rastrillan (o soplan) y eliminan las hojas caídas de sus jardines cada otoño. Esta investigación comparó áreas de jardines suburbanos de Maryland donde las hojas caídas habían sido históricamente eliminadas (como en los jardines del frente) o retenidas (como en los jardines traseros). En las áreas donde las hojas se eliminaban consistentemente cada año, las tasas de descomposición disminuyeron un 17% y el almacenamiento de carbono en el suelo disminuyó un 24%. ¡Quitar las hojas lleva a una peor salud del suelo!
Max Ferlauto (el líder del proyecto) también realizó un experimento: en áreas donde las hojas habían sido históricamente eliminadas, se dejaron hojas intactas. Preocupantemente, dos años de hojas recién retenidas donde caían no fueron suficientes para restaurar las tasas de descomposición ni el almacenamiento de carbono en esos suelos. Esto resalta que nuestras decisiones sobre el manejo de nuestros jardines pueden tener impactos duraderos, y la restauración de funciones ecosistémicas como la descomposición y el ciclo de nutrientes en suelos empobrecidos puede llevar tiempo.
¿Qué piensan los insectos?
En contraste, las comunidades de insectos se recuperan rápidamente cuando uno empieza a retener la hojarasca. Muchos de ellos son insectos beneficiosos que pasan el invierno en y alrededor del material vegetal muerto o en el suelo. Aunque algunas especies de insectos son plagas, la mayoría beneficia a los humanos porque actúan como polinizadores, depredadores, descomponedores y fuentes de alimento para aves y otras especies silvestres. De la misma manera en que proporcionar flores ayuda a los polinizadores y depredadores de plagas en el verano, proporcionar refugio ayuda a los polinizadores y depredadores en el invierno. Los refugios más comunes para los insectos de invierno son el suelo, las hojas muertas o la madera, los huecos pocos profundos en la tierra y las ramas. Eliminar las hojas caídas mata directamente a cualquier insecto que se refugie dentro de las hojas, mientras que los insectos que permanecen cerca de la superficie del suelo quedan expuestos a temperaturas más variables sin el efecto amortiguador de una capa de hojas. La combinación de estos procesos puede resultar en comunidades de insectos más pequeñas y/o menos diversas. De hecho, en los mismos jardines donde se midieron los procesos del suelo de los que hablábamos antes, hubo un 40% menos de polillas y mariposas emergiendo en la primavera. Menos mariposas y polillas significan menos orugas para todas las aves migratorias y residentes que dependen de esta bonanza primaveral de insectos.

¿Qué podemos hacer?
Irónicamente, la eliminación de las hojas caídas puede resultar en un mayor trabajo para nosotros. Esto se debe a que muchos procesos que normalmente ocurren con las hojas caídas ahora deben ser gestionados activamente: se deben comprar y aplicar fertilizantes y mantillo; el suelo debe ser aireado; la infraestructura de escorrentía de aguas pluviales debe ser mantenida, etc. Gastamos mucho tiempo y dinero, además de degradar la calidad del entorno para otras plantas y animales.


Si dispone de un área para las hojas, ¡genial! Este otoño, considere revisar su interacción con el paisaje. Piense si hay zonas en el jardín donde eliminar todas las hojas es innecesario. Aunque a menudo no es factible o deseado dejar todas las hojas, vale la pena dejarlas donde sea posible. Para que el jardín luzca más ordenado, puede rastrillar las hojas caídas en el jardín hacia los bordes (Figura 3) o aplanar algunas de ellas para reducir el volumen total. Sin embargo, se sorprenderá en ver cuánto disminuye el volumen de las hojas durante el invierno. Este es un caso en el que hacer menos es, sin duda, hacer más: ¡es más fácil para nosotros y mejor para el medio ambiente!
El Laboratorio Burghardt de la Universidad de Maryland, College Park, se enfoca en el estudio de interacciones planta-insecto en ecosistemas naturales y modificados por los humanos. Hacer click aquí para leer otros posteos del Laboratorio Burghardt.
Traducido por Juan Díaz, UMD School of Languages, Literatures, and Cultures.
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